
Las condiciones predisponentes para la fusariosis de la espiga se extendieron durante los últimos días a prácticamente toda el área productora de trigo y cebada de Uruguay. El riesgo venía siendo elevado desde fines de septiembre al norte del río Negro, pero ahora los mapas muestran condiciones favorables para la enfermedad también en el centro y sur. Una vez superada la ventana de aplicación de fungicidas, el foco deberá trasladarse al monitoreo previo a la cosecha y a la segregación de los granos afectados.
Así lo planteó la investigadora del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) La Estanzuela, Silvia Pereyra, durante una entrevista en Punto de Equilibrio en Oriental Agropecuaria AM 770 y verdenews.com.uy.
El instituto trabaja desde hace décadas en fusariosis de la espiga, pero profundizó sus líneas de investigación después de las epidemias de 2001 y 2002, debido al impacto de la enfermedad sobre el rendimiento, la calidad y, particularmente, la inocuidad del grano, comentó.
“No existe resistencia total a fusariosis de la espiga y, si se dan las condiciones como las que estamos teniendo en los últimos días, es muy probable que tengamos enfermedad”, advirtió.
La estrategia de manejo comienza con la elección genética. Si bien no existe inmunidad, los cultivares presentan diferentes niveles de comportamiento frente a la enfermedad, dijo. Y sostuvo que esa base de resistencia debe complementarse con otras herramientas, particularmente la aplicación de fungicidas durante una ventana muy específica: la floración en trigo y la espigazón en cebada.
A esto se suma el sistema de alerta desarrollado por INIA. Desde 2004 el instituto brinda información sobre el riesgo de presencia de deoxinivalenol (DON) en el grano a partir de las condiciones ambientales registradas alrededor de la floración y el llenado.
Durante años se utilizó un modelo canadiense adaptado a las condiciones locales, pero desde la zafra pasada Uruguay cuenta con un modelo propio, desarrollado por INIA junto con el equipo de GRAS.
Pereyra explicó que el inóculo de Fusarium está presente habitualmente en los sistemas productivos uruguayos. Por eso, una vez que el cultivo está implantado y aparecen las condiciones climáticas predisponentes, las posibilidades de intervención quedan concentradas principalmente en el momento y la calidad de aplicación de los fungicidas y, posteriormente, en el manejo de la cosecha.
El escenario actual comenzó a configurarse a fines de septiembre. Al norte del río Negro, las condiciones predisponentes se vienen registrando prácticamente en forma ininterrumpida desde el 20 al 22 de septiembre.
Inicialmente la situación fue diferente en el centro-sur y especialmente en buena parte de Soriano, San José y Colonia, donde las temperaturas mínimas ayudaron a reducir el riesgo. Pereyra explicó que mínimas inferiores a aproximadamente 12 °C frenan el desarrollo de Fusarium y también dificultan la síntesis de toxinas cuando el hongo ya está infectando.
Sin embargo, ese escenario cambió durante los últimos días. “Estamos con toda la zona productora de trigo y cebada con colores amarillo, naranja y rojo, lo que indica que hay condiciones predisponentes”, afirmó.
Uno de los “mayores” problemas es que las condiciones que favorecen la infección son prácticamente las mismas que dificultan las aplicaciones. La floración es el período “crítico” de mayor susceptibilidad en trigo y, al mismo tiempo, las lluvias, la elevada humedad y la falta de piso pueden impedir el ingreso de los equipos a las chacras. “Las mismas condiciones que predisponen a la infección en floración son las que nos impiden entrar a controlar la fusariosis”, explicó Pereyra.
Para el control de fusariosis, INIA recomienda fundamentalmente triazoles o mezclas de triazoles, mientras que Pereyra advirtió específicamente sobre el uso de estrobilurinas. La recomendación está respaldada por información nacional y antecedentes internacionales.
Según explicó, determinados ingredientes activos del grupo de las estrobilurinas pueden generar estrés sobre el hongo y favorecer una mayor producción de toxinas, aun cuando visualmente pueda observarse algún nivel de control de la enfermedad.
“Está comprobado. Nosotros lo hemos constatado con información nacional y también está constatado en el mundo”, señaló.
Actualmente también existen combinaciones de triazoles con carboxamidas como otra opción de control. Sin embargo, independientemente del producto elegido, la oportunidad y la calidad de aplicación son determinantes.
Los productos no actúan por sistema dentro de la espiga, sino principalmente por contacto. Por eso, INIA destaca la importancia de conseguir un buen mojado y alcanzar ambos lados de la espiga, utilizando volúmenes y configuraciones de aplicación que permitan una cobertura eficiente.
En condiciones normales, la estrategia apunta a una aplicación en el período crítico. La dificultad es que la floración de una chacra no ocurre en un único día, sino durante un período en el que distintas espigas van ingresando progresivamente al estado susceptible.
En algunas situaciones históricas se realizaron aplicaciones separadas por tres o cuatro días para cubrir una mayor proporción de espigas en el momento óptimo. Sin embargo, Pereyra sostuvo que en la práctica normalmente hay que concentrarse en una intervención. “Tenemos que jugarnos a una aplicación y hasta con suerte que se pueda realizar”, indicó.
El problema no termina cuando finaliza la floración. Pueden producirse infecciones durante el llenado de grano, incluso en etapas relativamente avanzadas. Sin embargo, eso no significa que sea conveniente continuar aplicando fungicidas. “En el llenado de grano el partido ya está jugado”, dijo la investigadora.
INIA establece que a partir de ¼ a ½ de grano desarrollado no se recomiendan aplicaciones de fungicidas. La información disponible muestra una baja eficiencia de control en esos estados y contenidos de DON similares a los observados en situaciones sin aplicación. A esto se agregan las consideraciones relacionadas con residuos de fungicidas en el grano.
A partir de ese momento, la estrategia cambia y el manejo debe concentrarse en el monitoreo precosecha, la cosecha diferencial y la segregación posterior.
INIA recomienda, como método rápido de estimación, realizar inmediatamente antes de la cosecha un muestreo de 10 a 20 espigas en 10 a 20 puntos diferentes de la chacra. Cuando los niveles de infección superan entre 5% y 10% de grano afectado, puede ser conveniente mantener esas chacras o sectores separados de otros lotes.
También pueden utilizarse tirillas para una determinación rápida de DON. Se trata de una herramienta práctica para apoyar las decisiones de segregación tanto a campo como en las plantas de recibo, aunque INIA advierte que presenta “limitaciones de reproducibilidad y confiabilidad”, y que su grado de validación debe ser considerado al interpretar los resultados.
La cosechadora también puede contribuir a reducir la proporción de material contaminado. INIA recomienda aumentar el viento y ajustar las zarandas, especialmente en cultivos del norte del litoral, porque los granos más afectados por fusariosis tienden a ser pequeños y livianos.
La medida resulta más eficiente cuando las infecciones ocurrieron temprano, desde floración hasta el comienzo del llenado. En cambio, puede tener menor capacidad para eliminar los granos provenientes de infecciones tardías.
Posteriormente, el almacenamiento también requiere atención. Para el grano destinado a consumo, INIA recomienda 12% a 13% de humedad máxima, temperaturas adecuadas y buena aireación. En esas condiciones, el hongo no debería continuar desarrollándose y, por lo tanto, tampoco debería aumentar la concentración de micotoxinas.
La atención sobre el DON resulta fundamental porque los límites no se restringen al trigo destinado a panificación. Pereyra explicó que en productos destinados a alimentación humana la normativa establece un máximo de 1 parte por millón (ppm) en harinas y subproductos.
También existen restricciones para alimentación animal. Las materias primas destinadas a raciones tienen como referencia 10 ppm, mientras que los límites en el alimento elaborado dependen de la especie y categoría animal. Pereyra señaló valores que van desde 1 ppm en monogástricos, como los cerdos, hasta 5 ppm para determinadas categorías de bovinos de carne.
A la preocupación por fusariosis se agrega otra enfermedad que INIA viene siguiendo: la piricularia o brusone del trigo, reportada por primera vez en Uruguay en la zafra 2023 en Artigas, Salto y el norte de Paysandú.
La enfermedad es favorecida por ambientes cálidos y húmedos y puede confundirse visualmente con fusariosis. Sin embargo, mientras la fusariosis afecta espiguillas individuales distribuidas de manera irregular, la piricularia infecta el raquis o cuello de la espiga y provoca un blanqueado abrupto por encima del punto de infección.
A diferencia de la fusariosis, Uruguay todavía no dispone de un sistema específico de pronóstico de riesgo para piricularia. Por eso, INIA recomienda monitorear los cultivos durante la espigazón temprana y seguir especialmente los períodos con condiciones cálidas y húmedas sostenidas. Ante sospechas fuera del litoral norte, la recomendación es confirmar el diagnóstico.
El impacto potencial de una epidemia de fusariosis, en tanto, no se limita a la calidad. La experiencia acumulada por INIA durante los episodios registrados en los últimos 25 años muestra pérdidas de rendimiento que pueden ubicarse en torno a 30%.
Pereyra considera incluso que esa estimación puede subestimar el verdadero impacto económico. El mayor riesgo aparece cuando la concentración de toxinas compromete directamente la posibilidad de comercializar la producción.
“Muchas veces, más allá de las pérdidas en kilos por hectárea, tenemos que pensar que el nivel de infección implica que ese trigo sea comercializable o no. Entonces la pérdida ahí es 100%”, advirtió.




