
El tema “Tradición e innovación para un futuro competitivo” fue abordado en profundidad, durante un conversatorio de la Federación Rural, que fue moderado por Mercedes Silva, integrante de la institución, allí expusieron: el extécnico del Instituto Plan Agropecuario, Marcelo Pereira; el director del frigorífico San Jacinto, Martín Secco; el profesor grado cinco de la cátedra Bovinos de Carne, de la Facultad de Agronomía, Álvaro Simeone; y el director del Programa Agrícola-Ganadero del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), Sebastián Mazzilli.
En ese marco se plantearon cuatro miradas particulares sobre un mismo proceso: la transformación profunda que vivió el agro uruguayo y los desafíos que quedan por delante.
Un activo estratégico
El extécnico del Instituto Plan Agropecuario, Marcelo Pereira, abrió el conversatorio con una reivindicación del campo natural como eje de “identidad” productiva y cultural del Uruguay, como país pastoril. “No como nostalgia, sino como argumento técnico y competitivo”, dijo.
Comentó que el campo natural uruguayo es el resultado de la “coevolución entre la herbívora”, y “el fuego y las sequías a lo largo de millones de años”, considerando además que “las primeras gramíneas aparecieron entre 32 millones y 80 millones de años atrás, cuando desaparecían los dinosaurios”.
“El campo natural soportó desde 10.000 sequías severas hasta 1 millón”, señaló Pereira, para ilustrar la dimensión de esa historia geológica del suelo.
Sostuvo que el único bioma que tiene Uruguay es el campo natural, donde puede haber bañados, montes y bosques nativos, pero el bioma es uno solo.
La dimensión cultural también ocupó un lugar en su exposición. El país se desarrolló sobre campo natural, sostuvo Pereira, quien recordó que “Artigas, en el Reglamento de 1815, fue uno de los primeros en preocuparse por el manejo del campo y la recomposición del stock ganadero, estableciendo cargas y distancias para cada suerte de estancia”. “Una carga de 0,5 animales por hectárea sobre una población de entre 4 millones y 5 millones de cabezas posrevolución”, precisó.
Pereira enfatizó que “el campo natural tiene muchísimo que ver con la coevolución que tuvimos y con la cultura gaucha que se desarrolló en el Uruguay”.
Además, afirmó que la sostenibilidad debe ser concebida no solamente desde el punto de vista ambiental, sino también desde el punto de vista del sustento de las familias, planteó.
El argumento central de Pereira no fue histórico, sino prospectivo. En un contexto de cambio climático “el campo natural es el único sistema complejo capaz de adaptarse por sí solo”, destacó. Y consideró que la resiliencia es uno de sus principales valores.
Pereira destacó que la capacidad de absorber disturbios como el pastoreo, el fuego, las inundaciones o una aplicación de glifosato, y recuperarse es la “mayor virtud” del campo natural. Y esa resiliencia tiene un correlato competitivo directo: “En general no se puede cosechar sin sembrar, salvo el campo natural. El campo natural sí se puede cosechar sin sembrarlo. Es una ventaja que tiene el Uruguay de origen”, dijo.
El ingeniero agrónomo también señaló que eso redunda en “bajos costos y en diferenciación”. El experto comentó que Uruguay comparte pastizales templados con otros 10 países, pero desde el punto de vista de estructura y productividad “es el mejor del mundo”. “Acabo de hacer una gira por Estados Unidos y, por lo que les queda de campo natural, se precisan entre 50 y 150 hectáreas por vaca. Nosotros en el basalto superficial precisamos dos”, comparó.
Un dato institucional reforzó su optimismo: por primera vez en la historia todas las instituciones vinculadas con la ganadería extensiva –Facultad de Agronomía, INIA, Secretariado Uruguayo de la Lana (SUL), Plan Agropecuario y privados– están dando el mismo mensaje.
La Mesa de Ganadería a Campo Natural –que presidió Pereira– trabajó cuatro años con productores para definir cómo debe ser la intensificación: ecológica, sostenible y complementaria. “Nunca había ocurrido, por eso digo que estamos inusualmente bien”, resaltó.
Y valoró que “no es una intensificación que compita con el campo natural, sino que se apoya en él”, considerando que es “inteligente pensar” que hay módulos de “alta” producción forrajera, verdeos, praderas, rotaciones agrícola-ganaderas e incluso forestación tienen lugar en ese esquema. Hay además un experimento de largo plazo –pensado a 30 años– que combina investigadores y productores, en un trabajo conjunto sobre campo natural en línea, resaltó el técnico.
Desafío muy importante
A su turno, Simeone se apoyó en dos trabajos de los investigadores de la Oficina de Programación y Política Agropecuaria (Opypa), del Ministerio de Ganadería, que hicieron un ejercicio inusual: cerrarle la carpeta a la “Estancia Uruguay”, como si fuera un establecimiento con 19 potreros, y reconstruir los datos de producción de los últimos 20 años.
Para Simeone, los resultados de estos trabajos son elocuentes: hubo una reducción de casi 2 millones de hectáreas en la superficie de pastoreo. Sin embargo, no hubo grandes modificaciones en la base forrajera, la producción total de carne se multiplicó por 1,7, y la producción de carne vacuna por hectárea casi se duplicó, destacó.
Y planteó: “¿cómo es posible que haya pasado todo eso sin grandes modificaciones en la base forrajera?”. La respuesta está en el consumo aparente de concentrados, a partir de granos producidos en el país e importados, que “casi se duplicó”. Explicó que esto, “dividido entre el stock bovino, da aproximadamente 240 kilos de grano por cabeza”, dijo. Esto no solo ocurrió en los corrales, sino que la cuenta incluye concentrados proteicos, energéticos y energético-proteicos.
“Hubo un proceso de incorporación tecnológica” y pasaron algunas cosas en un “resultado económico y en una certeza tecnológica”, señaló Simeone. Y acotó que esto “no es un exhorto, es una certeza”, que “modificó la matriz productiva uruguaya”.
El engorde a corral acompañó ese proceso de manera decisiva. En ese sentido, el profesor de la Facultad de Agronomía indicó que en 2013 o 2014 había 250.000 vacuos terminados en corrales de engorde y en 2025 fueron en torno a 450.000 animales, representando el 22% de la faena de novillos. El peso de carcasa en corrales evolucionó de 280 a 320 kilos en los últimos 10 años, sin incorporación de razas continentales de “alto” potencial, y “sin uso de hormonas”, describió.
Esto “constituye un desafío muy importante”, sostuvo Simeone. Y recalcó que este sistema “no es competitivo con el campo natural”.
“El campo natural es como la Universidad de la República, no va a cambiar”, graficó. Pero planteó que “si uno tiene una mentalidad abierta, puede ver qué es complementario y qué es competitivo”, dijo. Y sostuvo que cada comedero de autoconsumo visto en la ruta 26 o en la ruta 30, puede ayudar al mantenimiento del bioma campo natural.
En cuanto a los desafíos tecnológicos del corral, el catedrático aportó datos concretos: un animal encerrado a los dos años de edad tiene “10% más de eficiencia de conversión” que uno de tres años; un animal cruza “tiene mejor performance” dentro del corral que un animal puro –dato validado en el Animal Research Center, no solo en ensayos locales–.
Y la sanidad tiene impacto “directo”, ya que en un análisis de registros de engorde a corral realizado con el tesista Nahuel Acosta, los animales con algún problema sanitario –renguera, bichera, ombligo viejo, ojo curado– tuvieron “18% menos de ganancia diaria que los sanos”, advirtió.
El corral no tiene techo
“Viví toda la vida dentro de un frigorífico”, señaló Secco, a la hora de plantear su visión desde la perspectiva de la industria frigorífica y también como productor del centro-norte del país. El integrante del directorio de frigorífico San Jacinto fue categórico en su valoración del engorde a corral.
Y para eso realizó un ejercicio aritmético sobre esta actividad productiva, apoyándose en datos del Instituto Nacional de Carnes (INAC) del último trimestre, que señalan que “el 22% de la faena de vacunos proviene de corrales” y que “de la faena total, el 47% son novillos y el 20% de esos novillos son de ocho dientes”, animales que ya perdieron la oportunidad de ir a un corral.
Si a eso “se le suma la faena de vaquillonas y se descuenta ese 8% de animales de ocho dientes, se está hablando del 50% de la faena con potencial de terminar a corral”, proyectó.
Destacó, además, que el stock de corrales en marzo era 11% mayor que el del año anterior, y que el 45% de la faena ya se realiza con terminación de animales de dos dientes.
Según datos de la Asociación de Consignatarios de Ganado, la semana previa al conversatorio un novillo de corral, de 400 kilos, valía US$ 1.360, mientras que un novillo gordo de 255 kilos de carcasa valía US$ 1.435. Hay apenas US$ 100 de diferencia en el precio final entre un animal terminado a campo en 150 días —la parte más ineficiente del proceso— y uno que va entrar al corral. “Estoy absolutamente convencido de que es una herramienta instalada y, además, los frigoríficos podemos vender esa carne mejor y a mejor precio”, afirmó Secco.
Pero su argumento más de fondo fue estructural. En Uruguay la relación entre el precio de la vaca y el precio del novillo “es mucho más estrecha que en las ganaderías más eficientes” del mundo, enfatizó. Eso significa que “el producto vaca gorda casi no existe como tal”, sostuvo.
Planteó que si el engorde a corral continúa su trayectoria, en el lugar donde hoy hay una vaca gorda en el campo va a haber una vaca de cría, algo que consideró como “el factor multiplicador para tener más rotación, más extracción y acercarse a otras ganaderías altamente competitivas”. En tal sentido, afirmó que el negocio de ganado a corral “no tiene techo y, sin duda, va a estar cada día más presente en todas las etapas de la cadena”.
Secco también subrayó la dimensión sanitaria como condición no negociable para el futuro del sector. Con referencias explícitas a los problemas en China y Rusia –con plantas suspendidas– dijo: “Nos va la vida en esto. Es un segundo para que todas las oportunidades que tenemos, y las que puedan venir, desaparezcan”.
Y cerró con una reflexión sobre la previsibilidad que aporta el corral a toda la cadena: el productor puede decirle al frigorífico exactamente cuándo tendrá los animales listos y el frigorífico puede planificar su faena. Esa certeza, dijo, fue históricamente una de las “grandes carencias” del negocio cárnico uruguayo.
Pasivo ambiental y la mejor agricultura
Mazzilli eligió mirar los últimos 25 años para entender dónde está hoy la agricultura uruguaya. Recordó que en el año 2000 la soja no existía como cultivo en el agro local, y los agricultores del norte –Paysandú y Salto– hacían trigo y girasol, porque era lo que sabían hacer, en ambientes agroecológicos que no ayudaban, sin más alternativa. “Era una locura ser agricultor en esa zona”, recordó.
En referencia a que la expansión que vino después fue “descontrolada”, consideró que «el modelo argentino –arrendar tierra, contratar servicios y sembrar soja sobre soja– permitió escalar rápido, pero dejó suelos degradados y un pasivo ambiental significativo”. “Dejamos el suelo todo el verano, el invierno, para que acumule agua. Eso no tiene que pasar más”, advirtió.
El “punto de inflexión”, según el integrante de INIA, fueron los Planes de uso y manejo de los suelos, que implementó el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, que “obligaron a los propietarios de la tierra a sentarse a definir un plan con quien les pagaba la renta”, y “estabilizaron el sistema”, valoró.
Mazzilli sostuvo que ahora Uruguay tiene casi 2 millones de hectáreas agrícolas, con 1,6 a 1,7 cultivos por año por superficie, cuatro cultivos de invierno posibles en un mismo predio –algo que no ocurre en ningún otro lugar del mundo– y rendimientos de trigo que promedian los 5.000 kilos por hectárea. “Me animo a decir que tenemos la mejor agricultura del mundo para los recursos que tenemos”, afirmó.
Argumentó que hace apenas 10 años el promedio era 3.500 kilos por hectárea. Ese salto está explicado por la interacción entre productores, adopción tecnológica y conocimiento local acumulado: modelos de fertilización, variedades, sistemas de manejo que hoy Uruguay no solo aplica, sino que exporta.
En colza, por ejemplo, INIA y Facultad de Agronomía están llevando tecnología uruguaya a Argentina. “Aprendimos desde muy temprano a hacer ese cultivo y sabemos cómo hacerlo”, dijo.
Pero Mazzilli también se refirió a algunas sombras del sector. La primera es la extracción de nutrientes: con 5.000 kilos de trigo, 3.000 de soja y 12.000 a 13.000 de maíz con riego, se está extrayendo mucho más de lo que se repone, advirtió. “Estamos llevando fósforo y potasio a China en cada embarque de granos. Si no reponemos, vamos a tener que abordarlo de forma sistemática”, sostuvo.
La segunda es la resistencia de malezas: con 1,6 a 1,7 cultivos por año, Uruguay aplica la carga más alta de ingrediente activo de la región. “Ese flagelo que generamos nos exige cada vez más insumos para producir”, dijo.
Y la tercera sombra es la dependencia de la soja como único cultivo estival. La diversidad de cultivos de invierno –trigo, cebada, colza, lupino, centeno– permite armar rotaciones más sostenibles y generar servicios ecosistémicos que hoy no se valorizan.
El maíz, en tanto, es el cultivo llamado a cumplir el rol de gramínea C4, que produce biomasa y diversifica el verano. La desaparición del sorgo –víctima del pulgón amarillo y de la superioridad tecnológica del maíz– dejó al maíz como protagonista indiscutido. Y el consumo local de granos de calidad diferenciada por parte de los corrales de engorde y tambos está generando un mercado interno que antes no existía: granos de invierno con algo menos de proteína o calibre que no podían ir al puerto a buen precio, hoy tienen destino rentable en la zona.

