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Agricultura
Es un dado cargado, no interruptor de luz
23 de julio de 2026
Maíz lluvia
Nota de Revista Verde N° 129

La información de El Niño es probabilística, y la peor manera de usar una información probabilística es tratarla como un interruptor de luz que se prende o se apaga. “Si hubo algo que aprendimos a los golpes en Uruguay fue que la mejor manera de manejar información probabilística es moviendo perillas. Lo aprendimos en la pandemia, y los países que mejor la manejaron fueron los que movieron perillas, no los que prendían o apagaban la luz”, planteó a VERDE el consultor privado e investigador de la Universidad de Columbia, en Nueva York, Walter Baethgen.

El núcleo de su mensaje fue metodológico. Trasladado al agro, la lógica es ajustar y no cancelar. Un productor ya tiene un sistema bastante armado, no lo cambia todos los años. Si es un año Niño, y es probable que llueva más en primavera, puede mover un poco la perilla del cultivo de verano y ajustar algún cultivo de invierno. Lo que no es inteligente es tomar decisiones drásticas, como no sembrar trigo por miedo a enfermedades por exceso de agua, o no sembrar maíz ni soja en un año Niña.

El récord de rendimiento por hectárea en soja se logró en un año Niña, y el segundo mejor rinde histórico de maíz también. “Lo que se deja de ganar por apagar la luz del maíz en un año Niña puede ser enorme”, advirtió.

La analogía que propuso el investigador es la del manejo de precios. Ningún experto en mercados serio diría que en marzo de 2027 el maíz va a valer un precio exacto por tonelada; lo que hará es expresar optimismo o pesimismo en función de la geopolítica, los biocombustibles o el costo de los fertilizantes.

“Con el clima usemos el mismo criterio. No esperemos que alguien diga que en diciembre van a llover 450 milímetros, porque quien lo diga no tendrá ninguna base científica. Lo que sí se puede hacer es hablar de probabilidades: este es un año con altas chances de que llueva más en primavera, punto”, afirmó.

Para graficarlo recurrió a la imagen del dado cargado. Imaginando un dado de tres caras —llueve más, llueve igual, llueve menos—, un pronóstico de El Niño equivale a un dado cargado hacia el lado de “llueve más, que lo normal”. Si se tira 10 veces, lo más frecuente será que salga esa cara, aunque en una tirada puntual puede salir otra, graficó.

CUIDADO CON LOS TITULARES

Los titulares que ya hablan de un “súper Niño” deben leerse con cuidado, advirtió. El  mensaje central del exvicepresidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) durante su diálogo con VERDE fue tan claro como contraintuitivo: que Uruguay esté afectado por El Niño es una ventaja, no una amenaza, y la clave está en cómo se usa esa información.

Entrar en un año Niño es, en palabras de Baethgen, la manera popular de decir que el Océano Pacífico en su zona tropical —frente a Ecuador y Perú, hacia Australia— está más caliente que lo normal. Cuando el agua de esa franja se calienta por encima del promedio, se habla de El Niño; cuando se enfría, de La Niña. Y eso, lejos de ser un dato anecdótico para Uruguay, condiciona directamente su clima.

En los años Niño hay mayor probabilidad de que la primavera y el otoño siguiente registren más lluvia que lo normal. En los años Niña ocurre lo contrario. Baethgen subrayó que esa relación es una suerte para el país. “Si ustedes se imaginan un productor en una región donde El Niño no lo afecta para nada, cada año, cuando planifica su sistema de producción, es una timba, porque no tiene ni idea de lo que va a pasar con el clima. En Uruguay tenemos la suerte de que al ser afectados por el fenómeno de El Niño podemos tener una idea de las cosas más probables que puedan suceder”, explicó.

EL MITO DEL “SÚPER NIÑO”

Sobre la categoría de “súper Niño” que circula en los titulares, el investigador fue categórico. La predicción del fenómeno se realiza a través de dos tipos de modelos: los dinámicos, que simulan la interacción entre océanos y atmósfera, y los estadísticos, que analizan cómo evolucionaron los océanos en los últimos 50 o 60 años para proyectar los próximos meses. Este año, tanto los modelos dinámicos como los estadísticos coinciden en prácticamente un 100% de probabilidad de que hacia fin de año el océano Pacífico esté más caliente que lo normal, con algunos modelos mostrando temperaturas cercanas a 2 °C por encima del promedio.

La nomenclatura técnica “es precisa”. Cuando durante tres trimestres consecutivos el agua del Pacífico está 0,5 °C por encima de lo normal, se habla de un Niño suave, hasta 1 °C es un Niño declarado, más de 1 °C es un Niño fuerte. “Esos términos de súper, de Godzilla o de no sé qué otros títulos que se le han dado en los últimos tiempos son buenos como titulares, pero no tienen ningún asidero científico”, afirmó Baethgen.

Y aportó el contraejemplo más elocuente. En 2015-2016 la temperatura del océano Pacífico en la zona de El Niño estuvo más de 2,5 °C por encima de lo normal —un Niño fortísimo—, y nadie hablaba entonces de súper Niño. Lo notable fue lo que ocurrió con la lluvia en Uruguay: desde el trimestre setiembre-octubre-noviembre hasta el de diciembre-enero-febrero, llovió por debajo de lo normal, especialmente en el sur. “Fue un año de un Niño fortísimo, y la lluvia ni siquiera estuvo normal, estuvo por debajo de lo normal”, recordó el investigador.

DE DÓNDE VIENE LA LLUVIA DEL URUGUAY

¿Cómo es posible que en un Niño tan intenso haya llovido menos de lo esperado? Para responder Baethgen propuso entender de dónde viene la lluvia en Uruguay. El fenómeno de El Niño ocurre en un océano situado a 6.000 kilómetros del país, no afecta el clima de manera directa, sino a través de los mecanismos que sí generan las precipitaciones locales.

La primera fuente es la corriente en chorro, una franja de vientos que viaja de oeste a este a unos 10.000 metros de altura —la altura a la que vuelan los aviones— y que arrastra consigo numerosas tormentas. En un año neutro, esa corriente pasa cerca del límite sur de Uruguay y algunas tormentas pasan por encima de Uruguay y otras no.

En un año Niño, la corriente se desplaza hacia el norte y pasa sobre Uruguay, elevando la probabilidad de tormentas. “Cuando hay un año La Niña esa corriente se mueve hacia el sur y las tormentas asociadas le erran a Uruguay”, describió.

La segunda fuente lo impresiona especialmente, dijo, y explicó que sobre la enorme masa de bosque tropical de la Amazonia se acumula una cantidad “descomunal” de agua en forma de humedad. Los vientos del océano Atlántico —vientos bajos, de unos 1.500 metros— barren esa humedad, chocan contra la cordillera De los Andes y bajan hacia el sur. Esa es la principal fuente de lluvia de Bolivia y del norte argentino. En los años Niño “esos vientos son más fuertes y la humedad amazónica llega hasta Uruguay”. En los años Niña, en cambio, “esos vientos se debilitan y la probabilidad de que esa agua llegue al país disminuye”, sostuvo.

“No estamos hablando de algo que pasa a 50 kilómetros del Uruguay. Son todas cosas que están pasando lejos, es lo que se llama teleconexiones”, sintetizó Baethgen. Y ahí está la clave de la incertidumbre. A veces todos esos mecanismos funcionan tal como se espera, y a veces modificaciones relativamente pequeñas alteran el resultado. El propio 2016 lo demostró: tras una primavera y un verano con lluvia por debajo de lo normal, llegó el otoño, con las inundaciones catastróficas de abril, cuando llovieron 700 milímetros en un mes.

EL ATLÁNTICO: LA VARIABLE IMPREDECIBLE

Uno de los puntos más relevantes de la entrevista fue el rol del océano Atlántico, que suele quedar afuera de las proyecciones de mediano plazo, pese a tener un peso influyente sobre las precipitaciones. La explicación está en una particularidad del Pacífico. La zona tropical de ese océano es uno de los pocos lugares del mundo donde la temperatura del mar se puede predecir con bases sólidas, con varios meses de anticipación. Se conoce cómo funciona, cómo se comporta el agua bajo la superficie y qué vientos se esperan cuando se calienta.

Con el Atlántico no ocurre lo mismo. “Lo que va a pasar en el Atlántico es casi imposible de predecir”, afirmó. Y eso tiene una consecuencia práctica: muchas veces, en un año Niña en que todos los mecanismos apuntan a menos lluvia, el Atlántico aporta humedad que termina en precipitación y salva la situación. Pero como ese aporte no es pronosticable, no entra en las proyecciones.

“La razón por la cual uno no escucha hablar de lo que puede pasar con el Atlántico es que no es predecible, no es pronosticable como sí lo es El Niño”, señaló. Por eso, agregó, nunca se puede afirmar con certeza que un año Niño traerá más lluvia en primavera, porque existe esa otra fuente de humedad, impredecible, que puede alterar el panorama.

MATO GROSSO Y EL MITO DE LAS HAMBRUNAS

Consultado sobre el impacto regional, Baethgen marcó una diferencia clave: El Niño no afecta a todos los lugares por igual. En Mato Grosso do Sul, una de las grandes regiones agrícolas de Brasil, el fenómeno incide mucho menos que en Uruguay, lo que convierte cada campaña en “una timba”. Uruguay, en cambio, pese a estar a 6.000 kilómetros de la zona de El Niño, es una de las regiones del mundo donde la señal del fenómeno es más fuerte y clara. “Es una buena cosa, porque nos da más información para planificar la producción”, valoró Baethgen.

Por último, desmontó uno de los mitos más difundidos en los años Niño: el de los desastres masivos. Citó un trabajo de una colega de la Universidad de Columbia, que estudió cuántos desastres ocurren según se trate de años El Niño, La Niña o neutros. El resultado fue contundente: el número de desastres por año es independiente del fenómeno.

“No es que un año Niño signifique hambrunas o inundaciones por todos lados”, aclaró. Lo que sí cambia es que en un año Niño, en algunas regiones “son más frecuentes las tormentas fuertes” y, por lo tanto, en zonas de riesgo de inundación la probabilidad de que ocurran es más alta que lo normal.

“Es decir, en un año Niña o Niño no hay más desastres en el mundo que en un año neutro. La diferencia es que en los lugares donde El Niño o La Niña afecta el clima, hay predictibilidad y se pueden tomar mejores decisiones”, sostuvo el consultor e investigador.

Para Baethgen, esa es la forma inteligente de usar la información: no como una certeza sobre lo que va a pasar, sino como una herramienta de preparación. “No voy a decir que se va a inundar todo Durazno porque es un año Niño, pero sí puedo decir que en un año Niño son más frecuentes las tormentas fuertes, y entonces es más alta la chance de inundaciones. ¿Qué puedo hacer para estar mejor preparado y reaccionar más rápido si eso pasa?”, concluyó.

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