
Además, se recomienda tener preparada una batería tecnológica de fungicidas, y fertilizar con fósforo, potasio y zinc, que son frecuentemente limitantes en Uruguay.
La fecha de siembra es una de las tres principales decisiones de manejo, que no tiene costo adicional, destacó el PhD y MBA Diego Hernán Rotili, especialista en manejo de cultivos, quien disertó en la 30ª edición de la Jornada Anual de Actualización Técnica de Erro, donde realizó la presentación titulada “Manejo Técnico con sentido económico: claves en soja para años favorables”.
En diálogo con VERDE, Rotili profundizó en los aspectos clave para enfrentar un año Niño en el cultivo de soja y detalló qué decisiones de manejo permiten aprovechar ese escenario.
El experto definió a la fecha de siembra como el factor de costo cero por excelencia. Su único costo es de orden operativo: tener la sembradora y el equipo de trabajo preparados para actuar en el momento adecuado.
Explicó que, una vez asegurada la disponibilidad de agua –algo que no ocurre todos los años–, la fecha de siembra es la práctica de manejo con mayor impacto sobre el rendimiento de la soja, y que en un año con oferta hídrica por encima del promedio conviene sembrar más temprano.
Con vistas al escenario previsto para 2026 –con lluvias frecuentes y abundantes en octubre y noviembre–, recomendó no dudar ante cada ventana de siembra que se presente.
Estimó que si la fecha óptima promedio en Uruguay suele ubicarse en la primera semana de noviembre, en un año como el proyectado podría convenir adelantar la siembra en las mejores chacras hacia fines de octubre, sobre todo con variedades de ciclo más corto y mayor potencial, e incluso empezar la chacra promedio en la última semana de ese mes, sin resignar demasiado rendimiento respecto al promedio y ganando margen para terminar el resto de la superficie dentro de la fecha óptima.
El potencial de cada chacra
Rotili explicó que cada chacra, e incluso cada ambiente o zona de manejo dentro de una misma chacra, tiene un potencial de rendimiento: el máximo que se podría explorar si se hiciera todo bien desde el punto de vista técnico. Ese potencial, indicó, varía en el espacio –entre regiones, entre chacras y dentro de una misma chacra– y también en el tiempo, ya que no es igual de un año a otro.
En ese marco, señaló que el fenómeno de El Niño Oscilación del Sur, una señal atmosférica con impacto directo sobre las lluvias de fin de primavera y verano, genera variaciones en ese potencial productivo. En los años Niña el potencial es sensiblemente menor, mientras que en los años Niño es mayor.
Según consignó, la mejor forma de leer esa señal es entender que, ante un año Niño, es probable que muchos ambientes tengan un techo productivo más alto, lo que tiene derivaciones directas sobre las decisiones óptimas de manejo para poder aprovecharlo.
Este marco de análisis –la brecha entre el rendimiento potencial de un ambiente y el que efectivamente se captura– fue ilustrado en la jornada con datos del Proyecto Brechas CREA (Región Litoral Sur CREA + GAER), a cargo del doctor Román Serrago y el ingeniero agrónomo José Micheloud, sobre chacras del sudeste de Entre Ríos, Argentina.
Ese análisis, realizado por machine learning y separado por potencial ambiental, mostró que la brecha explotable por manejo es mayor en soja de segunda que en soja de primera, y que dentro de cada cultivo esa brecha es más amplia en años sin fenómeno Niña, cuando suele llover por debajo del promedio.
En soja de primera la brecha alcanzó 250 kilos por hectárea en años Niña (con apenas un 10% explicado por manejo) frente a 315 kilos por hectárea en años sin Niña (40% explicado por manejo). Y en soja de segunda: 370 kilos por hectárea en años Niña (80% por manejo) contra 340 kilos por hectárea en años sin Niña, con el 100% de esa brecha explicada por decisiones de manejo.
Dentro de ese mismo proyecto, el análisis de qué prácticas de manejo explican esa brecha mostró resultados muy distintos según el cultivo.
En soja de primera, en años sin Niña, el antecesor concentró el 50% de la explicación de la brecha, seguido por la densidad (17%) y la fertilización fosforada (11%), mientras que el fungicida no aportó respuesta. En soja de segunda, en cambio, la fecha de siembra explicó el 50% de la brecha y el fungicida el 30%, con el grupo de madurez en un 10% y sin incidencia de densidad, fósforo ni antecesor.
Rol del cultivo antecesor
Sobre el peso del antecesor, un ensayo de rotaciones de larga duración de CREA América, en el establecimiento La Leonesa, con series de 2007 a 2023, cuantificó ese efecto. El maíz sobre maíz rindió en promedio 6.860 kilos por hectárea, 28% menos que el maíz sembrado sobre soja (9.538 kilos por hectárea); en soja, el efecto fue menor, pero igual de consistente, con 3.511 kilos por hectárea en soja sobre soja frente a 3.954 kilos por hectárea en soja sobre maíz, una diferencia del 11%.
Rotili distinguió, en ese sentido, entre tecnologías de insumos, que implican mayores costos, y tecnologías de procesos, que suponen sobre todo cambios operativos.
Dentro de las primeras, ubicó como principal factor con influencia en un año Niño a la protección del cultivo, particularmente frente a las enfermedades de fin de ciclo. Indicó que, en general, una mayor humedad genera más enfermedades en los cultivos, y que la soja no es la excepción, con problemas que suelen aparecer entre finales de febrero y abril.
Batería tecnológica de fungicidas
Por eso, remarcó la importancia de tener preparada una batería tecnológica de fungicidas, ya que en estos años la probabilidad de obtener retorno económico por su aplicación es mayor, así como también lo es la probabilidad de pérdida si no se utilizan.
Consultado por el impacto físico de no controlar las enfermedades, citó datos de la zona de Entre Ríos, cercana a Uruguay, que arrojan una pérdida promedio de alrededor de 300 kilos por hectárea de soja, un número que se acentúa en años Niño y en cultivos particularmente susceptibles.
Ese dato se condice con los resultados de un ensayo presentado en la jornada, con 110 comparaciones con y sin fungicida –cruzando sitio, año, variedad y fertilización– aplicado con carboxamida en R3-R4 por protocolo, sobre los grupos experimentales CREA GAA (OAR) y Ridzo (OES).
La respuesta media al fungicida fue de 257 kilos por hectárea, con una probabilidad de respuesta del 62%. Sin embargo, al segmentar esos resultados según el rendimiento potencial del ambiente, la probabilidad de respuesta se concentró marcadamente en los ambientes de mayor potencial: por encima de los 4.000 kilos por hectárea de potencial, la probabilidad de retorno económico positivo resultó muy alta, mientras que en ambientes de menor potencial la respuesta fue mucho más errática.
La otra tecnología de costo que abordó Rotili fue la fertilización. Explicó que, más allá de contar con buena semilla, bien tratada e inoculada –lo que resuelve el aporte de nitrógeno–, los nutrientes que los agrónomos denominan poco móviles, es decir fósforo, potasio y zinc, son frecuentemente limitantes en Uruguay, en un orden que varía según la región.
Existen modelos predictivos, indicó el especialista, para estimar la respuesta esperable cuando la disponibilidad de esos nutrientes en el suelo está por debajo de determinado umbral. Aclaró que la falta de nutrientes no varía sustancialmente entre años buenos y malos –el nutriente falta siempre que el suelo está por debajo del umbral–, sino que lo que cambia es la cantidad de kilos que se pierden por esa carencia: en un año más favorable en términos de agua, el retorno de la fertilización tiende a ser mayor.
Situación de los suelos uruguayos
Sobre la situación de los suelos uruguayos, la jornada aportó información relevada por Unicampo Uruguay. Pese a la intensidad de uso de fósforo en la agricultura, sus niveles en el suelo han bajado, con una mediana de 9,2 partes por millón (ppm) para el período 2021-2023, sobre una muestra equivalente al 11% del área bajo agricultura de esos años.
Ese valor se ubica por debajo del nivel crítico de respuesta a la fertilización fosforada estimado específicamente para soja de segunda en suelos franco-arcillo-limosos de Río Negro y Soriano –15,86 ppm, según un trabajo del ingeniero agrónomo Esteban Hoffman (2013) para IPNI–, umbral que resultó superior al de referencia utilizado habitualmente para soja de primera.
En cuanto al zinc, la concentración promedio en el litoral agrícola para 2019-2024 se ubicó por debajo de 0,65 ppm, con variaciones regionales que van de 0,61 ppm en el litoral-centro a 0,81 partes por millón en el sur del país, según el relevamiento de Cartazzo, Vulliez, Dutra, Ferreira y Hoffman, aún en revisión.
Aplicaciones foliares
Respecto a la posibilidad de corregir estas carencias con aplicaciones foliares, el profesional señaló que para los macronutrientes como fósforo y potasio las dosis habituales de los productos foliares no alcanzan a cubrir el requerimiento del cultivo, dado el volumen que necesita.
El zinc, en cambio, sí admite una corrección eficaz por vía foliar, incluso en forma tardía, si un muestreo de suelo realizado fuera de tiempo detecta la carencia.
Mencionó también al boro como otro micronutriente corregible con aplicación foliar, con la particularidad de que, al tratarse de un nutriente móvil, el muestreo de suelo tiene limitaciones para diagnosticarlo. El boro actúa especialmente en la fructificación y el cuaje de vainas, por lo que, ante una recomendación agronómica de déficit generalizado en las chacras, una aplicación foliar con buena concentración de boro resulta una intervención razonable.
En relación con el período crítico del cultivo, Rotili señaló que estudios recientes de investigadores argentinos (Anibal Cerrudo y colaboradores) radicados en Estados Unidos ampliaron la ventana que tradicionalmente se ubicaba entre R3 y R6.
Según explicó, sostener el peso de los granos –no solo la cantidad– también resulta determinante, por lo que las etapas reproductivas más tardías cobran relevancia.
Nutrición
En términos de nutrición, remarcó que poco puede hacerse una vez llegado a ese punto si las condiciones son desfavorables, y que la clave está en intervenir a tiempo con protección cuando el cultivo se encuentra en R4, un estadio en el que todavía es razonable actuar.
Para nutrición, insistió en que cualquier problema detectado repercutirá más adelante, y que los muestreos de suelo –particularmente para fósforo, potasio y zinc– son la herramienta que permite anticipar si habrá nutrientes suficientes para cubrir el requerimiento del cultivo, una decisión que calificó de eminentemente operativa para la empresa agropecuaria.
Genética
A propósito de la genética, Rotili apuntó que, ante una menor limitación esperada de agua, la tendencia razonable es optar por variedades modernas, de mayor potencial, y considerar grupos de madurez más cortos en algunas chacras favorables.
Subrayó que la campaña anterior generó limitaciones de capital a las empresas, pero ahora la oferta de agua prevista es muy distinta, lo que exige “cambiar el chip”.
La memoria corta, señaló, suele ser mala consejera en agronomía, porque ningún año se parece al anterior. Por eso, consideró clave saber aprovechar las oportunidades que puedan presentarse, sin perder de vista que los riesgos también cambian de signo.
Ante la posibilidad de no sembrar a tiempo y enfrentar complicaciones a la cosecha por lluvias abundantes, recomendó estar atentos para sacar los cultivos apenas sea posible.
Erro Semillas presenta variedades de soja y un híbrido de maíz para esta zafra
Erro Semillas presentó tres nuevas variedades de soja DM y un híbrido de maíz de la marca Illinois de cara a la próxima zafra, en año Niño, cuando los modelos climáticos proyectan “buenas” lluvias para primavera y verano, señaló a VERDE el responsable del área de Investigación y Desarrollo (I+D) de Erro Semillas, Fernando Segú.
La empresa lanzó al mercado un grupo siete corto, DM 70K70; una variante con tecnología Enlist en el grupo seis corto, DM 60E62; y después de 10 años, una nueva generación con tecnología RR1 en el grupo seis corto, DM 64R64.
“El progreso genético per se no tiene valor si no logramos capturar los kilos por hectárea con una ecuación que nos cierre económicamente”, destacó Segú.
El portafolio de soja quedó compuesto por variedades en todas las tecnologías —Enlist, Intacta y RR1— con grupos de madurez que van del cuatro medio al siete, pensado tanto para siembras de primera como de segunda.
Sobre el manejo del cultivo en un año Niño, señaló que cobra especial relevancia la fecha de siembra combinada con el grupo de madurez.
El técnico no descartó adelantar la ventana de siembra a partir de fin de octubre, sobre todo en el grupo seis corto, e incluso sumar un grupo cinco corto ante la expectativa de un régimen hídrico favorable.
De todos modos, el responsable de I+D de Erro Semillas aclaró que esta recomendación responde a las condiciones puntuales del año y no a un cambio de estrategia general.
Sostuvo que en un año promedio la lógica sigue siendo “jugar a la defensiva” en los ambientes de Uruguay, con siembras de grupos cortos hacia mediados de noviembre y de grupos más largos a fin de octubre o principios de noviembre.
En maíz, el trabajo con Illinois, una de las marcas de maíz de GDM, apunta a profundizar el progreso genético del cultivo.
“El maíz es el cultivo que mejor paga esa rentabilidad con los rendimientos que podemos aspirar”, valoró.
La empresa incorporó el híbrido 724Tre al portafolio, y explicó que el foco está puesto en la estabilidad y el potencial de rendimiento: “Buscamos híbridos que sean estables durante las zafras, y que también aporten potencial de rendimiento”.
El portafolio de maíz quedó integrado por 2773, disponible en las tecnologías VT (Triple Pro) y Tre (Trecepta), como caballo de batalla; 724Tre, el híbrido más moderno, que suma estabilidad y mayor potencial de rendimiento; 799Tre, que exige mejores ambientes, pero tolera bien la densidad de siembra; y 550VT, un híbrido híper precoz, pensado para lograr maíz primicia dentro del esquema de siembra.




